A lo largo de nuestro viaje submarino tropezaremos con algún erizo que nos clave sus púas y nos haga daño, pero la sal del agua cicatrizará esa herida. Será entonces cuando nos demos cuenta de que el mar está repleto de peces; en algún recóndito lugar del océano se encontrará ese caballito de mar aguardándonos para toda la vida. Mientras tanto, no nos queda más que contener la respiración y seguir nadando hacia el horizonte.
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