sábado, 15 de marzo de 2014

¿Personas influyentes o influidas?

Vivimos actualmente en una sociedad muy avanzada en numerosos aspectos como son la tecnología, la ciencia, la cultura, pero ¿es entonces fácil poder destacar dentro de ella? ¿somos seres originales por naturaleza? ¿nos dejamos en cambio influir fácilmente por todo aquello que nos rodea? 

Desde el inicio de los tiempos el ser humano ha tenido la capacidad de innovar pero para que esa innovación se llevase a cabo, ha tenido que poseer también una gran capacidad de imitación. 
Ya en la prehistoria el ser humano copiaba a la naturaleza, se servía de aquello que ésta le aportaba, como eran las cuevas para refugiarse, o el fuego aportado por una tormenta eléctrica. 
A día de hoy sigue sucediendo lo mismo; numerosos proyectos ciéntifico-tecnológicos se basan en ella, un claro ejemplo es la forma del avión tomada de la figura del pájaro. 
Es posible pues, enunciar la frase que Aristóteles incluye en su obra “La poética” que dice el arte copia la naturaleza. Y es que todas las obras de arte son producto de aquello que su autor percibe, de lo que lo rodea, y no sólo cuando se trata de cuadros paisajísticos, ya que el simple hecho de la lluvia puede inspirar a un poeta para escribir una poesía sobre melancolía, por ejemplo.
No obstante esta imitación no queda reducida a la naturaleza solamente; nos imitamos unos a otros, desde pequeños, como es el caso del bebé que comienza a balbucear palabras de aquellas personas que lo rodean sin saber siquiera el significado de ellas. 
Es por tanto la sociedad quien, sin darnos cuenta la mayoría de las veces, la que más mella hace en nosotros.
Pero no se puede reprochar a un niño el hecho de imitar, algo que ya le viene dotado por instinto; hemos de dirigir la crítica a aquella sociedad que nos intenta imponer gustos, costumbres y absorber como si de un rebaño de ovejas se tratase, en el que una sigue a la otra sin saber adónde se dirige.
Es inevitable dejarse influir por completo por todos aquellos que nos rodean, y hemos de seguir a la sociedad en cierto modo para poder alcanzar el bienestar social y común, pero ¿qué debemos hacer entonces? ¿renunciamos a ser nosotros mismos? ¿dejamos la originalidad y aquello que nos hace únicos de lado? Podemos admitir ciertas reglas, pero debemos despertar. Somos manipulados casi al cien por cien, como si de marionetas se tratase, títeres en manos de una sociedad consumista y artificial que nos maneja a su antojo.
Uno de los grandes artífices de esta manipulación es el mundo de la comunicación; ¿elegimos realmente aquello que queremos ver? ¿debemos exigir una televisión con más cultura? ¿admitimos una génerica y vulgar programación dirigida a las masas abandonando nuestros prejuicios? 
Su propio nombre la denomina “medio masa”; la televisión un servicio dirigido a un amplio público, y que para conseguirlo se sirve de inteligentes estrategias, como es una programación fácil, asequible culturalmente a todos el mundo. Y esto deriva en una programación de baja calidad y esencia cultural que, en lugar de culturizar, hace que cada vez más los ciudadanos se sientan atraídos por programas sin fundamentos cuya única utilidad es el entretenimiento. 
Y además posee de por sí unas ventajas con respecto a otro tipo de actividades; es mucho más fácil observar un rato el televisor que comenzar a leer un libro porque no se requiere apenas esfuerzo.
Aprovechan entonces para bombardearnos con esa programación que ellos, los dueños de las cadenas televisivas, eligen y que también la gran mayoría pide. Es obvio, por ejemplo, que si a una amplia mayoría no le gustase ver los vulgares “reality shows”, éstos no serían emitidos, porque las compañías buscan el negocio y aporta aquello que la población llana les exige.
Pero también debemos cuestionarnos algo, ¿tenemos derecho a conocer las noticias que realmente suceden diariamente en todo el mundo? Nuestro deber es estar informados pero ¿lo estamos realmente?
Los noticiarios nos manipulan también, nos aportan una selección de noticias a su antojo, ocultándonos la verdadera y cruda realidad; ¿acaso no deberíamos ser conscientes todos de la cantidad de personas que mueren día a día por culpa del hambre, sin tener que irnos a África precisamente? ¿somos conscientes de la cantidad de guerras que existen y por qué sociedades u organismos públicos son financiadas? ¿conocemos realmente el gran número de personas que en pleno siglo XXI son sometidas a la esclavitud y en países no tan subdesarrollados?
Pero desgraciadamente, ese tipo de noticias parece no convenir ni interesar; parece ser que a la sociedad de hoy día le interesa más saber, por ejemplo, la cantidad de goles que marcó el millonario futbolista de turno en el último partido jugado; o tal vez qué gala presidió su estrella favorita y qué lujosos vestidos portaba.
Pero sí parece interesar también a las empresas de comunicación y a los dirigentes políticos el repetido tema de la recesión; raro es el día que no aparece la palabra crisis en el noticiario. ¿No es ya lo suficientemente difícil la situación económica del país, para que tengan que venir a recordárnoslo día sí, día también?
Pero no es sólo en el ámbito informativo donde nos influye el sector de la comunicación, lo hace también activamente sobre nuestros gustos personales. ¿Podríamos achacar el consumismo que azota diariamente a la población a los medios de comunicación? Somos bombardeados diariamente por anuncios en los que se nos intenta vender productos que realmente no necesitamos, mostrándonos una moda y una ropa que quizá no va acorde con nuestro estilo pero que de aparecer tan insistentemente en televisión nos acaba dominando. 
Sería conveniente citar la obra “Ideología y libertad” de Luis Núñez Ladevéze, donde se incluye un interesante apartado titulado como “La crítica de la televisión”.
En cuanto a música, ¿debemos escuchar aquellas melodías comerciales cuyas letras sin sentido aparecen diariamente en la radio? Y es que no nos damos cuenta pero perdemos autonomía; no somos conscientes de la cantidad de buenos grupos desconocidos a los que no podemos acceder porque su música no dice lo que se quiere que oigamos, porque no incluyen letras sin sentido pero pegadizas que pueda absorber a grandes masas.
Y esto no se limita a la música solamente sino que podría ser aplicado a casi todos los ámbitos. Parece que sólo nos atrae y puede ser aceptado lo conocido, lo comercial, aquello que nos venden. 

¿Es ético este comportamiento? ¿Apreciamos realmente la belleza esencial de las cosas? ¿Se ha convertido dicha belleza en algo comunitario apartándonos de lo subjetivo? ¿Somos autoritarios? ¿Somos libres de escoger lo que realmente queremos? ¿Somos personas influyentes o influidas?
Tras el estudio anterior, podemos deducir entonces que no es ético el comportamiento que llevamos a cabo, no va junto al concepto de individualidad. Para formar parte de una colectividad, antes debemos serlo de nuestra propia individualidad, si no no seremos más que robots guiados por una masa que nos impone unos ideales predeterminados. Pero la preocupación por ser aceptados socialmente nos puede más y hace que abandonemos nuestro carácter autoritario, siendo sometidos a lo que la gran mayoría desea, aunque eso carezca de esencia. Sería por tanto acertado incluir en este contexto la frase de Lope de Vega que dice y puesto que lo paga el vulgo es justo hablarle en necio para darle gusto en la que ya se nos advierte de darle la necia razón a dicha mayoría, que es la que lleva la voz cantante. Este hecho ya nos da una pista sobre la libertad de elección; no somos libres totalmente al elegir, siempre vamos a estar coaccionados por alguien o algo (la situación, por ejemplo). Esto conlleva la consecuencia de que, la amplia mayoría populista formamos parte de un consenso, somos mucho más influidos de lo que llegamos a influir.
Diremos entonces que no somos seres originales de nacimiento, siempre somos influidos por algún paradigma; como diría Ortega y Gasset Yo soy yo y mi circunstancia.


                                                                                                                                           13 de abril de 2012

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